12 julio, 2011

El Silabario Hispanoamericano en mi vida

Era muy pequeña cuando me atrajeron las letras. Mi mamá dice que leía algunas cosas escritas sin que ella o alguien más me las hubiese enseñado antes. Cuando íbamos a las tiendas yo leía “corona”, “caja” y en los aparatos de la casa leía las marcas. Mi mamá encontró el motivo en los comerciales de la televisión, aunque a veces dudaba, sobre todo cuando aparecía en mis improvisadas lecturas, una palabra que no era de la tv.

Después, mi papá me compró unas revistas de “los pitufos”, unos monos animados de color azul y pequeños cuyo recuerdo más nítido en mi memoria es el deseo de romper la pantalla del televisor para que salieran corriendo de su mundo cuadrado y llegaran a mi casa a tener sus aventuras. Menos mal que el deseo no pasó de eso, me retuvo la seguridad de que mi papá se enojaría si rompía la tele. Respecto al amor a las letras, me regalaron unas revistas de los pitufos, de las cuales me enamoré. Mi mamá me las leía y yo disfrutaba. Me aprendí algunas líneas de memoria y simulaba leerlas a mi hermano y a mí. Ella se dio cuenta y le mostró a mi papá que yo sabía leer. Él se burló diciendo “eso va a ser leer…” y hasta ahí quedó la monada de mi mamá. Sin embargo, unos días después, mi papá, que a todo esto era profesor (hecho que da para escribir otra historia), apareció con un libro. Le dijo a mi mamá que era para que aprendiera a leer enserio. Era el Silabario Hispanoamericano. Yo aún no iba a la escuela.

Luego de leer las instrucciones del método fónico-sensorial-objetivo-sintético creado por Adrián Dufflocq, mi mamá, que tenía como 24 años, se dio a la tarea de enseñarme, lo cual no resultó complicado pues mi disposición era completa. Cada tarde, calculo que a eso de las seis, nos sentábamos a estudiar. Yo era feliz con mi escuela hogareña. Comenzaron las lecciones pa-pe-pi-po-pu, la-le-li-lo-lu. ¡No era difícil, gracias a ese libro de mágica sencillez!. Así avancé con tres lecciones al día cuando eran de las fáciles y dos cuando eran de las difíciles, según percibía mi madre mi desempeño. Al cabo de unas cuantas semanas ya estaba leyendo correctamente los cuentos de la parte de atrás del Silabario.

Mi hermano menor por su lado, mientras yo aprendía a leer, había pintado de verde todas las partes blancas de las banderas que traía ilustradas el texto. Luego él también aprendió a leer en el Silabario, texto en el que, veinte años después, dio sus primeros pasos en la lectura, mi hija.

Finalmente, entré leyendo a kínder, cosa que no agradó demasiado a las profesoras, quienes desconfiaban de las habilidades pedagógicas de mi madre. Incluso ya en primero básico había resquemores porque me sabía el abecedario. Sin embargo, hoy sé que no hubo mejor maestra para su alumna por naturaleza.

Enseñar a leer es un símbolo de amor indeleble ya que es una apuesta a que al abrir los ojos, la mente y el alma al mundo de conocimiento que entregan los libros, alcanzaremos la libertad.

El Silabario ha seguido su camino, hoy tiene incluso su grupo de fans en facebook, personas que, a través de sus propias historias, reconocen que comenzar en el mundo de la lectura con este libro que ya cumple 66 años, fue un camino “llano y fácil”, tal como lo quiso su autor. 


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